Por Samantha Di Pardo Pelosini Mota – São Paulo, Brasil

“La tarea de la escuela, no consiste en adaptarse a la discapacidad sino en superarla”. Esta frase está en: Obras Escogidas – V: Fundamentos de defectología, de Lev Vygotsky. La brillante y revolucionaria posición del autor, en relación a la inclusión, además de atender la demanda de una sociedad más humana y acogedora, repercute en los principios de solidaridad, amor, justicia y caridad de la Filosofía Espírita. 

 

 Lev Semenovich Vygotsky (1896-1934), realizó sus estudios en la Universidad de Moscú para formarse como profesor de literatura. Sin embargo, con el avance de sus estudios, pasó a dedicarse a la psicología evolutiva, educación y psicopatología. Su contribución a la educación de niños con “necesidades especiales” fue fundamental para la época y, aún hoy, existe consenso en que se debe buscar una intervención innovadora, oponiéndose elocuentemente contra la segregación escolar y social de estos alumnos.  

 

Según Vygotsky, “todos los niños pueden aprender a desarrollarse… Las más serias deficiencias pueden ser compensadas con una enseñanza apropiada, pues, un aprendizaje debidamente organizado tendrá como resultado un desarrollo mental.”  El autor ve la discapacidad desde la perspectiva de un desafío y no de un obstáculo, entendiéndose como un motor del desarrollo psíquico y de la personalidad conforme se puede apreciar en el  siguiente extracto: “… un defecto o problemas físico, cualquiera que sea su naturaleza, desafía al organismo.. Así, el resultado de un defecto es invariablemente doble y contradictorio. Por un lado, debilita el organismo, socava sus actividades y actúa como una fuerza negativa. Por otro lado, precisamente porque dificulta la actividad del organismo, el defecto actúa como incentivo para incrementar el desarrollo de otras funciones en él; activa, despierta el organismo para redoblar la actividad, lo que compensará el defecto y superará la dificultad. Esta es una ley general, igualmente aplicable a la biología y a la psicología de un organismo: el carácter negativo de un defecto sirve como estímulo para el aumento del desarrollo de la actividad”. Ese proceso de superación de desafíos en la mejora del ser, es llevado a la esfera del espíritu dentro de la propuesta reencarnacionista de la Filosofía Espírita. Sobre esa finalidad de la encarnación, la cuestión número 132 de El Libro de los Espíritus, trae: “Dios se la impone con el propósito de hacerlos alcanzar la perfección. Para unos constituye una expiación; para otros, una misión. Pero, para llegar a esa perfección, deben sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal: en esto, en ello reside la expiación.”

 

La transmutación del impedimento de superación, según el autor, no ocurre de manera espontánea, sino en un proceso de sociogénesis, marcado en el concepto denominado Zona de Desarrollo Próximo (ZDP).

Basándose en la concepción de que la inteligencia no es innata, sino que se construye en constantes intercambios con el entorno, Vygotsky explica, con sus propias palabras lo que es la ZDP: …la distancia entre el nivel de desarrollo real, determinado generalmente a través de la resolución independiente de problemas, y el nivel de desarrollo potencial, determinado a través de la resolución de problemas bajo la guía de un adulto o en colaboración con compañeros más capaces”.

 

Dado lo anterior, concluimos que es esta realización sociopsicológica del niño la que decidirá su conocimiento y actuación y no el déficit en sí.

 

El concepto de ZDP armoniza con las Leyes Divinas, específicamente con la Ley de la Sociedad, como leemos en la pregunta 768 de El Libro de los Espíritus: “El hombre debe progresar. Solo, no puede hacerlo, porque no posee todas las facultades. Necesita el contacto con los demás. En el aislamiento, se embrutece y se marchita”.

 

Las afirmaciones anteriores nos permiten elaborar un concepto de inclusión que va más allá del simple “encajar” o adaptarse a un entorno. Alcanza la necesidad de escuchar al prójimo, dentro de su campo de existencia, tomar en cuenta sus ubicaciones, participar en intercambios saludables con el otro, desarrollando una sociedad más justa y menos selectiva. Recordando que, cuanto mayor sea la segregación social, mayores serán los perjuicios en el desarrollo intelectual, afectivo, social y moral del niño.

 

Es fundamental que la discapacidad primaria no genere una discapacidad secundaria. Es decir, la discapacidad propiamente dicha como secuela, función del cuerpo, restricción o pérdida de actividad, no debe causar la secundaria, que sería la restricción de la participación en situaciones de la vida en un ambiente físico o contexto social.

 

Como agente mediador, el profesor, educador espírita, facilitador o cualquier otro que haga ese papel debe estudiar cómo estos niños interactúan con el mundo, cómo organizan su sistema de compensación y elaborar una pedagogía positiva, rica, creativa y prospectiva, de forma que garantice el desarrollo del alumno, invirtiendo en sus posibilidades. Según Lev Vygotsky:- “es imposible apoyarse en lo que le falta a un niño, en lo que no es. Se hace necesario tener una idea, por vaga que sea, de lo que posee, de lo que es”. La limitación del otro nunca debe ser motivo de estancamiento de aquel con quien interactúa, es necesario moverse para que la superación se dé juntos y solo así atenderemos a lo enseñado en El Evangelio según el Espiritismo, preguntándonos: “¿Qué medios ha puesto a mi alcance nuestro Padre Misericordioso para aliviar el sufrimiento de mi hermano? Mis consuelos morales, mi apoyo material, mis consejos, ¿podrán ayudarle a superar esta prueba con más fuerza, paciencia y resignación?”.

 

La invitación está hecha. Que cada uno reflexione sobre la inclusión significativa y verdadera, en un proceso creativo  de crecimiento, descubrimiento y autoconocimiento que traspasa la barrera del obstáculo, convirtiéndose en la lucha del hombre contra lo que le limita, en la victoria de todos los involucrados.

 

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