A menudo se cita el nombre de Pestalozzi, pero son muy pocos en la actualidad quienes conocen y han leído en profundidad su obra y la gran contribución que hizo a la Pedagogía moderna, como padre que es de la misma.

Pestalozzi fue ante todo un magnífico pensador, uno de los primeros pensadores que podemos denominar un pedagogo en el sentido moderno del término y su nombre permanecerá por siempre vinculado a todos los movimientos reformistas de la Educación del siglo XIX en adelante. Él supo captar como nadie la dimensión histórica de la idea educativa, transformándola en una actitud pedagógica y de enseñanza, que fue su razón de ser durante toda su vida. Estamos ante un verdadero reformador de la pedagogía tradicional dirigiendo su labor hacia la educación popular, lo que pone en el foco su verdadero carácter humanista.

Pestalozzi se niega a que la educación funcione como un mero instrumento de modelado al servicio de un mundo dado, ya sea real o ideal, ya sea desde la política o al servicio de las religiones. Considera que la educación ha de ser una forma de acción que permite a cada uno hacerse a sí mismo, partiendo de lo que es y en el sentido de lo que quiere ser, “una obra de sí mismo”.

Pero vayamos poco a poco.

Johann Heinrich Pestalozzi, nace en Zurich, un 12 de enero de 1746, de padre cirujano queda huérfano muy pronto, a la edad de 6 años, y será su madre quien ejerza esa doble función. Pestalozzi no se destacó demasiado en la escuela. A menudo, según los biógrafos, era desobediente y bastante desordenado lo que, sin duda, era fruto de la ineficiente educación, pedagógicamente hablando, de la época. Sentía un profundo rechazo por los libros de texto por considerarlos como algo artificial. A menudo, se sentía aburrido, todo era tan monótono, tanto que en una carta describe, “he sido cuidado como una oveja que no puede salir del establo. Nunca llegué a estar con los muchachos de mi edad en la calle, no conocí ninguno de sus juegos, ninguno de sus ejercicios, ninguno de sus secretos”, en una clara referencia a la sobre protección que su madre le procuraba.

En aquella época Pestalozzi quería hacerse Pastor, como su abuelo, pues era un niño observador y curioso, amante de la naturaleza, de la cual extraía reflexiones y aprendizajes.

Todo ello contribuyó a que, desde muy joven, soñara con la necesidad de mejorar la educación, universalizarla y proporcionar una nueva visión de esta, que tuviera como resultado una sociedad mejor.

Joven idealista, se esforzó en buscar un nuevo orden social decidiendo romper con el sistema educativo de su ciudad natal, que aun siendo considerado uno de los mejores de Europa, estaba muy comprometido con las políticas del momento.

En esta época se vincula a algunos movimientos estudiantiles que desean vivir un cristianismo práctico, lejos de la religión del verbo, de las imposiciones dogmáticas y de los compromisos políticos.

Pero será su compatriota Rousseau quien dio un impulso decisivo a Pestalozzi, que durante toda su vida tuvo el Emilio como libro de cabecera, y que un año antes de su muerte hablaba de su autor como el “centro de acción del antiguo y del nuevo mundo en materia de educación”, el que “rompió… las cadenas del espíritu y devolvió al niño a sí mismo, y la educación al niño y a la naturaleza humana”.

Estos sueños, relativos a sus deseos de contribuir a hacer de la humanidad una humanidad autónoma, comienzan a tomar forma cuando adquiere en el Cantón de Argovia una propiedad llamada Neuhof, esto sucedería en la década de 1770. En ella acogió a los niños pobres de la vecindad a los enseñaría a trabajar en el hilado y el tejido del algodón; el producto de su trabajo serviría para financiar su formación y que esta tuviera una repercusión en la sociedad, haciendo individuos autónomos y capaces de autogestionarse en todos los sentidos. Para esa época se trataba de una empresa educativa absolutamente original, basada en el trabajo administrado por los propios niños. He aquí, en estos años y gracias a este proyecto, se va perfilando su proyecto educativo que tendrá como objetivos mayores, según recogemos de su correspondencia, “dignidad interior más pura del hombre” por una parte y “su buena formación para las necesidades esenciales de su vida terrestre” por la otra.

Este emprendimiento no obtuvo el éxito deseado, y como a todo gran misionero, durante un tiempo incluso lo desacreditó como educador, pero sin duda contribuyó en mucho al crecimiento de nuestro querido Pestalozzi.
Es así como escribe diferentes obras al respecto de su visión educativa. Las Investigaciones de 1797 son una llamada a la acción. Gracias a los devenires políticos en Suiza en 1798, “el educador del pueblo” vuelve a tener relevancia en el ámbito educativo

Inicia así sus proyectos más importantes: Primero está la experiencia de Stans, iniciada en enero de 1799 y que termina bruscamente a causa de la guerra, después de algunos meses de existencia. Luego Pestalozzi se instala en Burgdorf (Berthoud): el nuevo instituto no resiste a la caída de la República Helvética en 1803. Por último, el pedagogo es llamado a Yverdón, donde el 1 de enero de 1805 inaugura en el castillo un establecimiento que rápidamente cobra amplitud y adquiere fama en toda Europa: desde todas partes se acude a observar el fenómeno pedagógico y los maestros se suceden por oleadas (los prusianos, los franceses, los ingleses) a fin de iniciarse en el método Pestalozzi.

¿Y en qué consistía su método? Su propuesta podemos resumirla en la Importancia de observar la naturaleza infantil, extraer las leyes propias de su desarrollo, crear un medio favorable para ese desarrollo, tomar en cuenta explícitamente la dimensión social de la relación educativa, dar eficacia a la capacidad de acción del niño… Se trata de escrutar infatigablemente el mecanismo de la naturaleza humana en sus diferentes manifestaciones: sin el conocimiento, es imposible ejercer poder alguno sobre esa naturaleza.

En resumidas cuentas:

Naturalidad: Como hemos citado anteriormente, es necesario que el niño cuente con la libertad suficiente como para que pueda actuar a su manera con todo lo que le rodea para así poder descubrir el ambiente por el que está rodeado.

Educación elemental: Esta educación parte de la observación de las experiencias, intereses y actividades que realicen los niños. Es decir, la educación no consiste en que el niño adquiera unos conocimientos y aptitudes concretos, si no en fomentar el desarrollo de su inteligencia, sus sentimientos y su moralidad, formando así una persona integral.

Para Pestalozzi, la cabeza representa el poder que tiene el hombre, gracias a la reflexión, de separarse del mundo y sus impresiones confusas, y de elaborar conceptos e ideas. Pero como individuo situado, el hombre sigue estando completamente sumergido en un mundo que, a través de la experiencia, no cesa de requerir su sensibilidad y lo vincula con sus semejantes en la lucha emprendida para dominar la naturaleza por medio del trabajo: esa es la dimensión del corazón. El hombre, provocado de este modo por lo que es y requerido por lo que debe ser, no tiene otra solución en ese conflicto siempre abierto y plenamente asumido, que hacer una obra consigo mismo: esa es la dimensión de la mano.

Pestalozzi luchaba por una enseñanza en el que la educación se adaptara al desarrollo mental del niño en cada momento siendo el propio niño capaz de avanzar desde unas intuiciones confusas a unas ideas claras y distintas.

Para Pestalozzi, el docente debe ser preparado para buscar y lograr el desarrollo integral del niño, preparándolos y educándolos para vivir en comunidad. La mejor manera de enseñar a los niños es por medio de la experiencia, por lo que debemos hacerlos partícipes de su aprendizaje a través del medio. El principal objetivo de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje por parte del docente es que las influencias externas no distraigan la marcha natural del desarrollo del niño.

Por lo tanto, el alumno es considerado como individuo cuya principal labor es la de aprender trabajando por medio de una enseñanza activa siendo uno de los principales protagonistas activos de su enseñanza.

Durante el proceso pedagógico este autor acuñó grandes frases que hoy por hoy, en este siglo XXI, están más vigentes que nunca: “Tarde o temprano seguro que la naturaleza se vengará de todo lo que los hombres hagan en su contra.”, “Un niño que no se siente querido difícilmente puede ser educado”, “La educación es desarrollo natural, progresivo y sistemático de todas las facultades”.

Por último, no podemos olvidarnos de la figura de Hipolyte Léon Denizard Rivail, al que más tarde conoceremos como Allan Kardec, quien se educó el Yverdón bajo la influencia directa de este gran maestro, y que se convertiría, no solo en el gran pedagogo que fue, sino en uno de los grandes educadores de todos los tiempos. Para nosotros espiritistas, aquel que inauguraría con la publicación del Libro de los Espíritus, la era para la Educación del Espíritu Inmortal.

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