Bernardete Leal

Cuando miramos un jardín o un huerto, vemos hermosas flores, frutas y verduras. Son pruebas de la mano de Dios, que provee el alimento para nuestro cuerpo físico. ¿Y quién no se alegra al recibir un jarrón o un ramo de flores que aporta belleza y fragancia a una casa?

El ser humano es como una planta que produce lo que fue sembrado. La diferencia es que la planta da un solo tipo de fruto o flor, mientras que el ser humano, con un suelo muy fértil produce una variedad de frutos: buenos o malos. Todos los días cosechamos estos frutos que son resultado de las semillas que plantamos ayer, hoy o en vidas pasadas.

El niño, desde una edad temprana, ya empieza a presentar un suelo fértil y dependiendo de lo que sea plantado y regado, se reproducirá en el entorno en el que vive, hogar, escuela y sociedad, lo que aprendió. Los padres y la familia están constantemente plantando semillas en sus hijos y muchas veces, cuando observan ciertos comportamientos, incluso se sorprenden, cuestionando cómo es posible esto. Muchos olvidan que una gran parte de estas semillas fueron plantadas por ellos mismos, y en su mayoría, en el hogar.

Al mirar a un niño o incluso a un adulto, pregúntese si se plantaron en él semillas de amor, paciencia, compasión, tolerancia y disciplina o ¿será que fueron plantadas semillas de ira, prejuicios, orgullo, competencia, egoísmo y envidia? Los padres tienen una gran misión en la formación del hijo. La pregunta 582 del Libro de los Espíritus explica sobre la paternidad: “Es sin duda una misión y es al mismo tiempo un deber muy grande que compromete, más de lo que el hombre pueda pensar, su responsabilidad para el porvenir. Dios ha puesto al niño bajo la tutela de sus padres para que éstos le guien por el camino del bien, y facilitó su tarea dando al niño un organismo frágil y delicado que lo hace accesible a todas las influencias”.

La planta necesita agua y luz para vivir. En este caso, la luz está representada por Dios que nos ilumina y nos da fuerzas para crecer y superar las dificultades. Dios nos ayuda a crear raíces fuertes para hacer frente a las intemperies de la naturaleza y tempestades que nos abaten en ciertos momentos de la vida. Por tanto, es muy importante promover un suelo bien fertilizado para que los niños reciban la luz y el conocimiento del Creador regado con las enseñanzas morales de nuestro querido Maestro Jesús.

Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que los niños sean como en la parábola del sembrador, donde Jesús nos cuenta los diferentes tipos de suelo que reciben la semilla, que en este caso es la palabra de Dios, y describe por qué muchas de ellas no crecieron.

El Espiritismo nos ayuda a comprender la responsabilidad de los padres en la formación de sus hijos. Nos educa, nos da herramientas y esperanza. Y si quizás empieza a percibir los frutos negativos que brotan en sus hijos como resultado de las semillas plantadas hoy o en vidas pasadas, no se desespere ni pierda el tiempo culpándose. Somos seres humanos y cometemos errores por falta de conocimiento. La doctrina Espírita nos recuerda que el espíritu es eterno y nunca es tarde para reparar una acción cometida y empezar a actuar.

En cuanto tenga conciencia, envuelva a su hijo en luz visualizando semillas de amor en su corazón. Sea un buen ejemplo y poco a poco elimine las malas hierbas que comenzaron a brotar, orando siempre. Así, como ante un vaso con agua sucia, usted será esas gotitas de agua clara que colocadas continuamente transformarán el agua contaminada en agua cristalina.

Dios no abandona a sus hijos y reconoce el trabajo y el sacrificio de los padres. Y aunque no es fácil, no debemos abandonar el compromiso asumido. Por lo tanto, siga abonando y regando el suelo de sus hijos con amor y moral para que el Mayor de los Sembradores encuentre terreno fértil para brotar frutos de amor, paz y alegría.

Mucha Paz.

Traducción: Rosa Pérez

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