
Por Vinicius Lara
La pregunta que plantea este breve artículo es, ante todo, una inquietud para todos aquellos que se dedican a la práctica espiritual de cualquier naturaleza. Partiendo del axioma de que hay algo en el sujeto que preexiste a la encarnación, se modela y perfecciona durante la existencia y progresa después de la muerte, educar el alma sería el lema fundamental de este largo proceso de ampliación de la conciencia hacia la verdad, la justicia y el amor. Pero, ¿a quién le corresponde esta función? Es algo de lo que trataré de abordar en las próximas líneas y espero poder invitar al lector a algunas reflexiones.
Inicialmente, dado que partimos de un horizonte de pensamiento espiritualista, es necesario abandonar el mito de la “página en blanco”, que predica la idea de una inocencia esencial atribuida a los niños. Según la lógica de la reencarnación, los espíritus no tienen edades calculables, por lo que no sirve de nada intentar imaginar cuáles serían esas “almas nuevas” o “antiguas” con las que tenemos contacto, ya que, al fin y al cabo, hay una inmensa noche de milenios reencarnatorios detrás de cada uno de nosotros. Desde esta perspectiva, la respuesta a la pregunta inicial de nuestra conversación es radical (tomando aquí el término en su sentido más profundo): la educación del alma le corresponde siempre e inalienablemente a ella misma, a través de sus elecciones y las consecuencias de sus elecciones. Pero, ¿sería tan sencillo? Creo que no.
Aunque en la naturaleza del espíritu existe el libre albedrío que le permite elegir qué caminos seguir, también es cierto que hay todo un engranaje de carácter social que atraviesa nuestras existencias en el mundo, haciendo que, de manera dialéctica, tanto la realidad espiritual como la material se entremezclen y se interpenetren, generando un movimiento de perfeccionamiento colectivo. Ortega y Gasset sintetiza de manera fantástica la idea que pretendo defender cuando afirma, en la introducción de su libro Meditaciones del Quijote, de 1914: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo, no me salvo a mí mismo». De este modo, debo considerar la dinámica entre el ideal, la ética y el entorno social cada vez que pensamos en cualquier proceso educativo, más aún cuando este recorrido se pretende realizar por las vías del espíritu. Dicho esto, podemos responder de otra manera a nuestra pregunta: la educación del alma le corresponde esencialmente a ella misma, pero siempre apoyada —estimulada o confundida— por su entorno y por sus relaciones afectivas y sociales.
Cuando reconocemos la función de las relaciones interpersonales y, por consiguiente, de las relaciones sociales en la educación del alma/espíritu, nos enfrentamos directamente al problema, que es el siguiente: para crear un camino de “salvación” individual, es indispensable la perspectiva de una ética colectiva. Así, el proceso educativo del alma comienza —tomando como referencia esta encarnación— en el seno del hogar que lo acoge, siendo ese el lugar donde debe aprender los primeros registros de la humanización (caminar sobre dos pies, hablar, comunicarse con gestos) y los moldes de lo que será en el futuro su moralidad individual. Todo ello a través del ejemplo y la observación de sus padres —o de quienes cumplen las funciones parentales—, lo que refuerza una vez más la afirmación contenida en la pregunta 582 de El libro de los espíritus, que asocia la paternidad/maternidad con misiones, siendo función de los responsables guiar al espíritu que necesita su protección hacia lo bueno y lo justo.3
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1 Cf. O mito da manifestação espontânea. CHRISTIANO. A Educação entre dois mundos: saberes espirituais dedicados à prática da evangelização infanto-juvenil. [psicografado por] Vinícius Lara. Mário Campos: Grupo Espírita da Benção, 2016.
2 FREUD, Sigmund. O Eu e o Isso. São Paulo: Companhia das Letras, 2014.
3 KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Rio de Janeiro: Federação Espírita Brasileira, 2006.
Aquí cabe un espacio para hacer algunas digresiones relevantes sobre ese “bien” para el cual la educación nos debe conducir. La noción de bondad es bastante plástica y va a variar significativamente entre las distintas culturas – e incluso dentro de la misma cultura -. Cuando hablamos de conducir las almas hacia el bien, nos referimos a un buen vivir, basado en el cuidado de uno mismo y de los demás, como una forma de estilo de vida, según la máxima de Jesús.
El tema es complejo, lo sé, pero es importante destacar el hecho de que es a través de la educación doméstica/familiar que se construye la posibilidad de crear un ideal del yo más abierto y capaz de mirar hacia el futuro con vistas a crecer y perfeccionarse. Una noción de sí mismo, capaz de oponerse a los impulsos primitivos de satisfacción, a otros destinos que no sean los más rudos y violentos. Pensar en el buen vivir y el buen actuar, en oposición a la simple satisfacción de los deseos, es precisamente lo que permitirá al espíritu maduro elegir con seguridad en el futuro. Vivimos en una realidad colectiva, por lo que la educación del alma comienza en el hogar, para luego ampliarse a esas pluralidades con las que tendremos que lidiar.
Tras ese momento inicial —que sociológicamente podríamos denominar socialización primaria—, nos vemos cada vez más expuestos a los estímulos del “mundo exterior”. La escuela, los templos, los clubes, las amistades, el ambiente de trabajo, en definitiva, cada nuevo circuito de relaciones establecido por el sujeto será, a su vez, un nuevo horizonte de posibles aprendizajes, que pueden reforzar, deconstruir o dialogar con esa primera educación recibida en casa. Es en ese momento cuando el espíritu vive sus mayores desafíos existenciales, al tener que tomar decisiones, a menudo acertadas, otras veces erróneas, pero sintiéndose cada vez más responsable de sí mismo.
La belleza de todo el proceso parece surgir precisamente del flujo de experiencias, porque es en la intersección entre las existencias que comienzan y otras que ya están avanzadas donde podemos aprender y comprender la condición humana, sus desafíos, sus límites y también las posibles sublimaciones de nuestras intensidades a través del camino de la espiritualización y el contacto con Dios. Desde el comienzo del mundo, es por esta dinámica que la vida se renueva y no hay nada nuevo en lo que escribo, salvo, tal vez, una supuesta mayor responsabilidad por parte de quienes se consideran practicantes espirituales en percibir estos movimientos y aprovecharlos de la mejor manera posible.Es urgente refundar la responsabilidad y el valor del colectivismo y nuestra cuota personal en su construcción, con el fin de llevar a la realidad lo que permanece en el campo de la ilusión bien intencionada de una religiosidad gourmet. En las relaciones entre amigos, alumnos, compañeros de la institución espírita, pero sobre todo con nuestros hijos, es necesario recuperar el contacto con esa humanidad presente en el cuidado de uno mismo y en el cuidado del otro. En resumen: corresponde al alma educar al alma bajo la atenta mirada de Dios.
Vinícius Lara es espírita, historiador y psicoanalista.
Bibliografía:
FREUD, Sigmund. O Eu e o Isso. São Paulo: Companhia das Letras, 2014.
KARDEC, Allan. O Livro dos Espíritos. Rio de Janeiro: Federação Espírita Brasileira, 2006.
O mito da manifestação espontânea. CHRISTIANO. A Educação entre dois mundos: saberes espirituais dedicados à prática da evangelização infanto-juvenil. [psicografado por] Vinícius Lara. Mário Campos: Grupo Espírita da Benção, 2016.
