
Por Denise Tamai Gabriel
En esta historia, aprendemos que el hilo de la amistad nos conecta a todos. Nos recuerda nuestra responsabilidad de cuidar a nuestros amigos, de estar atentos a cómo tratamos a los demás y a sus sentimientos, de hablar con amabilidad y de ser pacientes con nuestras diferencias.
(Usar un cordel al contar/recontar la historia)
Érase una vez una niña llamada Luna. Tenía una sonrisa preciosa y le encantaba jugar a correr por el jardín.
Desde que nació, Luna era muy querida por su mamá, su papá y sus abuelos. Ella ya sabía que existía un hilo invisible que unía su corazoncito al corazón de cada persona que la cuidaba con amor, aunque no pudiera verlo.
Ese hilo estaba hecho de cosas mágicas: abrazos por la mañana, besitos en las heridas, cuentos antes de dormir… e incluso risitas escondidas a la hora del baño.
Un día, Luna fue a su primera clase de evangelización. Allí conoció a un niño llamado Dudu.
Dudu era más callado. Le gustaba mirar al cielo y escuchar a los pájaros. Al principio, se quedó en un rincón de la sala, un poco avergonzado.
Luna lo vio y pensó:
«¿Querrá jugar?».
Se acercó lentamente a él y le dijo con una sonrisa:
—Hola, me llamo Luna. ¿Quieres jugar conmigo?
Dudu levantó los ojitos y respondió en voz baja:
—Sí, quiero…
Y, en ese instante, nació un nuevo hilo. ¡Un hilo hermoso y brillante, hecho de amistad! * (Aquí, el evangelizador une a los personajes con el cordel)
Luna y Dudu comenzaron a hacer todo juntos en la evangelización: pintar, escuchar historias de Jesús y, con el tiempo, descubrieron que frecuentaban otros ambientes en común. Así comenzaron a convivir aún más.
Entonces, cada vez que compartían los lápices o uno esperaba el turno del otro, ¡el hilo brillaba aún más! Y cada vez que uno ayudaba al otro, el hilo crecía un poco más.
Un día, mientras jugaban en el parque, Luna tropezó y se cayó al suelo.
Se raspó la rodilla, se le llenaron los ojos de lágrimas y se puso muy triste.
Dudu corrió hacia ella y le cogió la mano.
—Estoy aquí, Luna. Todo va a ir bien.
Llamó a su tía y se quedó a su lado hasta que le pusieron la tirita.
* (En este momento, se puede levantar el cordel y decir: «¡El hilo del corazón se ha fortalecido! ¡Dudu ha demostrado que es responsable con quienes ama!»).
Pero, a la semana siguiente, Luna quería jugar a las casitas y Dudu quería jugar con los coches.
«¿Vienes conmigo a jugar a las casitas?», dijo Luna.
—¡No! Hoy quiero jugar a los coches —respondió Dudu.
—¡Pues juega solo! —respondió Luna enfadada.
—No estoy solo. ¡Tengo mis coches! —respondió Dudu un poco molesto.
Luna y Dudu se alejaron, cada uno a su lado, jugando solos.
En ese momento, el cable se enredó por completo.
* (En este momento, el evangelizador muestra el cordel todo enredado/enrollado).
Los dos se quedaron sin hablarse el resto del día.
Pero, en el fondo de su corazón, se echaban de menos y estaban tristes.
Al día siguiente, Luna se acercó y dijo:
— Dudu, creo que lo que pasó ayer y la forma en que te hablé no estuvo bien. ¡Lo siento!
— Yo también lo creo… —respondió Dudu—. Yo también creo que la forma en que te hablé no estuvo bien. ¡Lo siento! Me puse muy triste.
—Yo también —dijo Lulu—. A veces, lo que hacemos y decimos puede herir a alguien, incluso a las personas que queremos. Yo fui responsable de herirte, porque quería que jugaras conmigo a las casitas.
— La próxima vez, podemos jugar un poco a lo que tú quieras y luego un poco a lo que yo quiera —dijo Dudu.
— ¡Buena idea! —respondió Luna, sonriendo—. Y si no quiero, te lo puedo decir con cariño.
Se abrazaron, se pidieron perdón una vez más y se rieron juntos.
¿Y el hilo? ¡Ah! Volvió a quedar precioso.
Y, con el tiempo, Luna y Dudu fueron comprendiendo que ese hilo de la amistad no es solo para jugar.
También es:
- Ayudar cuando el otro cae.
- Escuchar cuando el otro está triste.
- Esperar, compartir y perdonar.
- Recordar: «Eres importante para mí y voy a cuidar de ti».
Aprendieron que, cuando tenemos amor en el corazón, también tenemos una responsabilidad: cuidar los sentimientos de los demás, ser amables con las palabras y tener paciencia con las diferencias.
Ahora, Luna y Dudu tienen muchos lazos que unen sus corazones: con sus familias, con más compañeros, con los profesores… ¡y con Jesús!
Y, cada día, intentan que estos lazos sean más bonitos, más fuertes y más brillantes.
¿Y vosotros? ¿A quién está unido vuestro corazón ahora?
