
Por Márcio Monson
¿Cómo pueden las familias y los educadores espíritas ayudar a los jóvenes a desarrollar conciencia, equilibrio y valores en un mundo cada vez más digital?
Tenía menos de ocho años cuando empezó a preguntar cuándo tendría su propio teléfono móvil.
La pregunta surgía de vez en cuando, generalmente después de ver a sus amigos con smartphones en las manos. En nuestra familia, nos pusimos un plazo: los 14 años.
No fue fácil mantener esa decisión. La presión social es enorme, y cada año surgían nuevos argumentos para adelantar ese momento.
Pero nos resistimos.
Con el tiempo, me di cuenta de que esta experiencia con nuestra hija se convirtió en un verdadero punto de inflexión para nosotros. Empezamos a estudiar más a fondo el tema del uso saludable de las pantallas y su impacto en el desarrollo de niños y adolescentes.
En este proceso, comprendí algo importante: el primer paso para afrontar este nuevo y complejo desafío es entender bien el fenómeno.
Padres, educadores y educadores espíritas deben estudiar el tema con seriedad. Bien preparados, los coordinadores juveniles y educadores espíritas pueden convertirse en importantes puntos de apoyo, ayudando tanto a los jóvenes como a sus familias a reflexionar sobre el uso equilibrado de la tecnología.
Una generación rodeada de pantallas.
Los adolescentes de hoy han crecido en un entorno completamente diferente al de las generaciones anteriores. Los smartphones, las redes sociales, los vídeos cortos, los juegos en línea y las plataformas digitales forman parte de su rutina diaria.
Las investigaciones demuestran que muchos adolescentes pasan más de siete horas al día frente a las pantallas. En algunos casos, esto representa casi la mitad de su tiempo despiertos.
Si lo analizamos a lo largo de los años de desarrollo, la cifra es impresionante. Hablamos de miles de horas de infancia y adolescencia dedicadas al entorno digital.
Pero el problema quizás no sea solo el tiempo en sí.
Lo que realmente llama la atención es lo que no sucede mientras la pantalla está encendida.
Tiempo que podría dedicarse a:
- tiempo en familia
- lectura
- actividades físicas
- reflexión
- desarrollo de habilidades sociales
Estas experiencias son fundamentales para el crecimiento emocional, social y espiritual.
Las «reglas del juego» de las redes sociales
Un punto importante que debemos comprender sobre el funcionamiento de las redes sociales es que fueron diseñadas para ser adictivas.
No son meras herramientas de comunicación neutrales. En definitiva, son plataformas mediáticas cuya monetización depende de la atención del usuario.
Existe una lógica muy clara detrás de esto: cuanto más tiempo pasamos en la plataforma, mayor es la interacción con el contenido y los anuncios.
Para lograr este objetivo, las plataformas utilizan diversos mecanismos:
- Notificaciones constantes
- Desplazamiento infinito de contenido
- Vídeos cortos en secuencia
- Likes y comentarios como forma de validación social
Estos estímulos activan un sistema neurológico vinculado a la recompensa, asociado a la dopamina. No es de extrañar que muchos expertos afirmen que las redes sociales fueron diseñadas para generar hábitos intensos de uso.
Esto ayuda a explicar por qué tantos adolescentes dicen: «Solo voy a echar un vistazo rápido» o «Sé controlarme».
Y cuando se dan cuenta, ya ha pasado una o dos horas.
Comprender este complejo sistema neuroquímico ayuda a concienciar a los jóvenes sobre la necesidad de «protegerse» de su propio cerebro, creando mecanismos de protección contra las llamadas «trampas digitales».
El impacto emocional en los jóvenes
Profesionales como pediatras, psicólogos y psiquiatras han estado informando en sus experiencias clínicas y en diversos estudios de investigación sobre varios efectos que aparecen con frecuencia cuando el uso de pantallas se vuelve excesivo entre niños y adolescentes:
- Irritabilidad
- Ansiedad
- Dificultad para concentrarse
- Menor tolerancia a la frustración
- Necesidad constante de estimulación
La sobreestimulación digital produce un efecto curioso en el comportamiento. El entorno de las redes sociales, los juegos y los vídeos cortos está diseñado para generar estímulos frecuentes que activan el sistema de recompensa del cerebro, asociado a la dopamina. Este proceso crea ciclos rápidos de expectativa y gratificación.
Con el tiempo, el cerebro se acostumbra a esta dinámica de recompensas inmediatas. Así, las actividades naturales de la vida real comienzan a parecer lentas o poco estimulantes. Leer requiere concentración, conversar requiere presencia y aprender algo nuevo requiere paciencia. El entorno digital, en cambio, ofrece recompensas rápidas y estímulos constantes, creando una especie de hiperestimulación dopaminérgica que condiciona la mente a buscar la gratificación inmediata.
El valor de las experiencias sencillas
Ayudar a nuestros niños y jóvenes a prepararse para el mundo del futuro implica comprender que la tecnología, especialmente la Inteligencia Artificial, está asumiendo el control y reemplazando muchas actividades operativas y repetitivas.
Este movimiento tiende a impulsar a las personas a desarrollar aquellas actividades que solo los humanos son capaces de realizar.
En este contexto, nuevas habilidades cobran protagonismo, como la inteligencia emocional e incluso la inteligencia espiritual.
Curiosamente, el entorno de la educación espirita puede ser un terreno fértil para el desarrollo de estas habilidades conductuales, conocidas popularmente como «soft skills».
Estas habilidades comienzan a desarrollarse en la infancia, en experiencias cotidianas sencillas, como:
- Jugar libremente.
- Imaginar y crear historias.
- Interactuar con los demás.
- Negociar las reglas de los juegos.
- Gestionar la frustración.
- Cooperar en grupo.
En este sentido, el aula de Educación Espirita para niños y jóvenes ofrece una oportunidad muy enriquecedora. A menudo, con recursos sencillos —cuentos, dinámicas, actividades grupales, juegos educativos y momentos de reflexión— es posible estimular la imaginación, la interacción social y la participación activa de los niños.
Estas experiencias permiten que los niños y jóvenes participen activamente en su propio aprendizaje. Al experimentar situaciones de cooperación, creatividad, diálogo y reflexión, comienzan a desarrollar habilidades profundamente humanas, como la empatía, el autocontrol, el sentido de propósito y la espiritualidad. En un mundo cada vez más tecnológico, quizás sea precisamente en estos sencillos espacios de convivencia, como la educación espírita, donde contribuiremos a formar seres humanos más conscientes, preparados no solo para el futuro digital, sino para vivir con equilibrio, responsabilidad y sentido.
La mirada espírita sobre la familia.
La doctrina espiritista nos ofrece una perspectiva mucho más amplia sobre este tema, presentando el hogar como una escuela espiritual, un espacio donde los espíritus se reencuentran para aprender valores como la paciencia, el respeto, el diálogo y el amor.
Nuestro hogar es un verdadero laboratorio fraterno, donde se nos invita al desarrollo moral a través de la convivencia estrecha y prolongada con los miembros de nuestra familia, un proceso de aprendizaje que tiene lugar precisamente en las relaciones e interacciones de la vida cotidiana.
Cuando las pantallas empiezan a sustituir las relaciones humanas, se produce una inversión silenciosa de prioridades. Gradualmente, el individualismo se afianza y no es raro ver, dentro del propio hogar, a la familia reunida en la misma habitación, pero cada miembro aislado e inmerso en su propio «mundo digital».
Familia reunida… ¡pero no realmente conectada!
Así, poco a poco, vemos cómo la vida familiar —con sus intercambios, aprendizajes y fricciones naturales— es reemplazada por experiencias digitales individuales.
Presencia y responsabilidad en la educación
En este contexto, cobra aún mayor importancia reflexionar sobre el papel de los padres en la educación de sus hijos. La doctrina espiritista nos recuerda que la paternidad, más allá de las obligaciones materiales, implica principalmente una responsabilidad moral y espiritual. Los hijos no llegan al hogar por casualidad; son espíritus confiados a sus padres para ser guiados y educados.
Educar requiere presencia emocional, atención y conocimiento de las necesidades de cada niño. También es necesario, como nos enseña el espiritismo, estudiar a nuestros propios hijos para comprender sus inclinaciones, sus dificultades y su potencial.
En este proceso, el papel del educador espírita también es muy importante. Al trabajar con niños y jóvenes, no sólo guían a los estudiantes, sino que también pueden ayudar a sensibilizar a los padres, ayudando a las familias a reflexionar sobre los retos de la educación en la era digital.
Un desafío – y una oportunidad.
Los educadores espíritas y coordinadores juveniles interactúan con jóvenes profundamente inmersos en este mundo digital. Ignorar esta realidad o simplemente intentar luchar contra ella no ayuda.
El camino más prometedor parece ser la educación para el uso consciente de la tecnología.
Al mismo tiempo, surge un importante desafío para los propios educadores espíritas: crear espacios de encuentro que se diferencien del entorno digital que ya domina gran parte de la rutina de estos jóvenes. Muchos pasan toda la semana frente a pantallas —en sus teléfonos móviles, ordenadores, redes sociales o actividades escolares digitales— y llegan al final de la semana con la mente ya bastante estimulada y, a menudo, cansados de este exceso de información.
Este joven, ya saturado de estímulos digitales durante la semana, a menudo no necesita otra presentación de PowerPoint en el Centro Espírita. Quizás por eso el reto actual sea dirigir reuniones juveniles y clases de educación espírita que valoren más la presencia, el diálogo y la experiencia vivida, sin depender necesariamente de pantallas, diapositivas o presentaciones digitales.
A menudo necesita algo que alimente su alma: conversaciones sinceras, compañía, actividades artísticas y experiencias humanas significativas.
Especialmente en la juventud, ciertas actitudes pueden contribuir enormemente a este proceso:
- Promover el diálogo abierto sobre las redes sociales y las experiencias en línea;
- estimular el pensamiento crítico sobre el contenido digital;
- crear momentos significativos de interacción cara a cara;
- fomentar proyectos, actividades grupales y experiencias colectivas.
El objetivo es educar para el libre albedrío, ayudando a los jóvenes a desarrollar conciencia y responsabilidad por sus propias decisiones.
Entre pantallas y valores: decisiones que marcaron la diferencia.
Volviendo a la historia de nuestra hija, aquella niña de ocho años que ansiaba un smartphone y que ahora tiene diecisiete primaveras…
A partir de esta experiencia personal, me gustaría compartir algunas lecciones aprendidas.
Sabemos que, como padres, acertamos y nos equivocamos. La crianza de los hijos nunca es un proceso perfecto; es un camino de ensayo y error, ajustes y mucho aprendizaje personal.
Pero, en retrospectiva, creo que al menos estas tres decisiones fueron fundamentales en la crianza de nuestra primogénita:
La primera fue preservar la infancia, ofreciéndole espacio para el juego libre, ese juego sin guión, donde la imaginación transforma objetos sencillos en mundos enteros y la niña aprende a crear, negociar reglas y lidiar con las frustraciones.
La segunda fue posponer al máximo el acceso a los smartphones. No fue fácil mantener esta decisión en un entorno donde casi todos los compañeros ya tenían un dispositivo, pero nos dimos cuenta de que retrasar este contacto permitía dedicar más tiempo a otras experiencias importantes de la infancia.
Y la tercera fue llevarla a la educación espírita desde pequeña. Allí encontramos un espacio para la interacción sana y la reflexión sobre las enseñanzas de Jesús, lo que ayuda a forjar una base interior más sólida para afrontar los retos de la vida, incluidos los digitales.
Quizás no exista una fórmula perfecta para criar hijos en la era de las pantallas.
Pero creo que cuando logramos preservar la infancia y transmitir valores cristianos, les brindamos a nuestros hijos algo mucho más valioso que cualquier tecnología: referencias que guíen sus vidas con conciencia y propósito.
Márcio Monson Está casado con Inês y es padre de Laís, Lucas y Tiago. Es un espirita activo y trabaja en el Centro Espiritista Ildefonso Correia, donde es miembro del Consejo Deliberativo, coordina grupos de estudio, imparte conferencias y ejerce como pasista.
Profesionalmente, ha trabajado durante más de 18 años como emprendedor en el sector tecnológico. Actualmente, también es vicepresidente de Assespro/PR, la Asociación Brasileña de Empresas de Tecnologías de la Información.
