
Por Donizete Pinheiro
Allan Kardec, en el capítulo 14 de El libro de los médiums, afirma que la mediumnidad es una facultad del ser humano y que todo aquel que siente, en mayor o menor grado, la influencia de los espíritus, es, por ese hecho, médium.
Son raras las personas que no poseen algunos rudimentos de esta facultad, por lo que se puede decir que todos somos médiums, en el sentido amplio de la palabra. Pero, por lo general, se califica como médiums a aquellos en quienes la mediumnidad se manifiesta de forma bien caracterizada y se traduce en efectos patentes. Estos son, efectivamente, los que tienen la capacidad de servir de intermediarios entre los desencarnados y los encarnados: es la mediumnidad en el sentido propio.
Se trata de un compromiso asumido antes de la reencarnación, cuyo objetivo es la evolución del médium, a través de las oportunidades que tiene para practicar la caridad.
Es una facultad permanente y su uso no se limita a las reuniones prácticas en los centros espiritistas u otras instituciones. Existen varios tipos de mediumnidad, de efectos físicos o intelectuales, que sirven como medio de comunicación con los espíritus. Pueden consistir en una simple sensibilidad o incluso en fenómenos de materialización. En la actualidad, destacan la psicofonía, la psicografía, la videncia y la audición.
La mediumnidad ostensible puede surgir en cualquier momento de la reencarnación, pero suele ser a tiempo para proporcionar al médium un trabajo efectivo de ayuda a los encarnados y desencarnados, posibilitando su crecimiento moral y espiritual. Kardec afirma que no se puede afirmar que alguien es médium, aunque presente algunos signos físicos, y que es solo mediante la experiencia que podemos confirmar la mediumnidad ostensiva (OLM, capítulo 17).
Al tratar de los médiums involuntarios o naturales —que son aquellos que no tienen conciencia de su facultad y consideran normal lo que sucede a su alrededor—, el Codificador dice que los fenómenos pueden manifestarse a todas las edades, incluso en niños muy pequeños (OLM, capítulo 14).
De hecho, algunos médiums poseen esta facultad natural más destacada desde la infancia, especialmente la videncia y la audición, como es el caso de Francisco Cândido Xavier y Divaldo Pereira Franco.
Sin embargo, las percepciones ocasionales de espíritus pueden no indicar una mediumnidad, sino derivarse de la condición del niño en su proceso de reencarnación, ya que hasta los siete años aproximadamente los lazos fluídicos que unen el periespíritu al cuerpo físico son más laxos, lo que facilita la emancipación del alma y la percepción visual y auditiva de posibles espíritus. Por lo general, si el niño no tiene un compromiso con la mediumnidad, estas percepciones desaparecerán espontáneamente.
Por otro lado, es posible que el niño sea objeto de un proceso obsesivo —lo que ocurre en los casos más graves— y esa obsesión puede intensificar las percepciones espirituales.
Tanto si el niño tiene o no compromiso con la mediumnidad, sus padres o tutores deben recibir algunas orientaciones para saber cómo tratar con él. En el capítulo 18 de OLM —Inconvenientes y peligros de la mediumnidad—, tras obtener algunas respuestas de los Espíritus Superiores en relación con los niños, Allan Kardec afirma:
Que no se debe forzar el desarrollo de esta facultad en los niños y que, aunque sea espontánea, se debe proceder con gran cautela, ya que no conviene excitar a las personas débiles.
- Que la infancia y la juventud están más expuestas a ser víctimas de las tramas de los espíritus engañosos.
- Que el recogimiento es una condición necesaria para la comunicación de los espíritus serios y que no se puede esperar de un niño la gravedad necesaria para tal acto.
Además, Allan Kardec enseña que toda práctica mediúmnica debe ir precedida del estudio de la teoría, para que el médium pueda iniciarse de forma segura, sabiendo cómo comportarse y protegerse de los espíritus inferiores. Ahora bien, debido a su inmadurez mental, el niño no está en condiciones de comprender las particularidades de la facultad, de entender los posibles fenómenos que le ocurren y menos aún de lidiar con ellos.
El filósofo espiritista brasileño Herculano Pires, en su libro Mediumnidad, destaca que en la infancia las manifestaciones mediúmnicas son más de carácter anímico, recibiendo el niño intuiciones de sus protectores, denunciando la presencia de espíritus y transmitiendo mensajes de los espíritus familiares, de manera directa o simbólica.
Añade que en la adolescencia el cuerpo ya ha madurado y es posible que las manifestaciones mediúmnicas se vuelvan más intensas y positivas, momento en el que se debe orientar al joven hacia información más precisa, pero sin intentar su desarrollo en sesiones.
Por estas orientaciones, resulta evidente la inconveniencia del ejercicio de la mediumnidad por parte de niños e incluso adolescentes, aunque sean médiums. Aunque un adolescente tenga una constitución física que le permita ejercer la mediumnidad, rara vez tendrá la madurez suficiente para comprender la responsabilidad que conlleva esta tarea y dedicarse a ella con la regularidad necesaria.
Ante los relatos infantiles, los padres deben tratar la mediumnidad con naturalidad, sin crear miedo, ni sobrevalorizarla ni ridiculizarla. Es fundamental que proporcionen un hogar acogedor y seguro para que el niño pueda vivir estas experiencias espirituales de manera equilibrada, sin sentirse amenazado o incomprendido. En este sentido, es muy valioso el estudio del Evangelio en el hogar y las oraciones conjuntas, atrayendo el apoyo de los protectores familiares, quienes, además, podrán atenuar las percepciones.
Por su parte, el centro espírita ofrece una importante contribución por medio de los recursos del pase, del agua fluidificada y, conforme a la situación, de las aulas de evangelización de infancia y juventud.
Donizete Pinheiro, juez jubilado, escritor y conferenciante espiritista, director de doctrina del Grupo Espírita Jesus de Nazaré.
