Por muchos que sean tus dolores, observa el mundo en el que la Divina Bondad te sitúa y deja que la vida renueve tu esperanza.

Todo es servicio por todas partes.

A pesar de los profetas del pesimismo, los amenazantes torbellinos se transforman, en la hora de la tormenta, en lagos que calman la tierra sedienta; fuentes de largo curso atraviesan las afiladas garras de la roca, convirtiéndose en un modelo de pureza; los pantanos drenados producen cosechas reconfortantes y los árboles podados multiplican la producción.

Todas las energías que sustentan la Tierra olvidan todo el mal, buscando todo el bien.

Se diría que el propio Señor creó la noche como para agotar las inquietudes del día, para que el hombre, cada mañana, pueda volver a aprender y empezar de nuevo.

Colocado así en el trono de la razón, ante los elementos inferiores que te sirven humildemente, olvida la sombra para que la luz te favorezca.

Escucha tu propia conciencia, sea cual sea la idea religiosa a la que te afilies, y comprenderás que naciste para realizar lo mejor.

Y quien realiza lo mejor desconoce lo que expresa ofensa o descaro, porque la ofensa es espina de la ignorancia y el descaro es llaga de la delincuencia, que solo la educación y el remedio lograrán eliminar.

Todo lo que disfrutas es un depósito sagrado.

Los dones del espíritu y los afectos preciosos, la autoridad y la influencia, los títulos y los bienes son talentos prestados que devolverás en el momento previsto.

De este modo, aunque la mayoría se burle de tu propósito de hacer el bien, perdona siempre y haz el bien que puedas.

El tiempo que hoy te brinda la oportunidad presente será mañana el portador del minuto necesario para la gran transición que la muerte siempre impone a justos e injustos… Y, en la gran transición, el bien que hayas hecho, muchas veces superando sacrificios y tinieblas, será para ti el rocío fecundante después de la nube, el agua pura refinada en la piedra, la rama verde que se destaca del lodo y el fruto maduro que cuelga del tronco desgarrado.

Sigue, pues, la luz del bien, para que el ocaso de tus fuerzas físicas te revele el camino estrellado.

No digas que tu hogar es como una prisión, que careces de la comprensión ajena, que no dispones de recursos para ayudar o que sufres inhibiciones insuperables.

Recuerda que, un día, un ángel transfigurado en hombre subió una montaña agresiva, condenado a muerte sin culpa, pero, por haber aceptado la cruz, por amar a todos, aunque desolado y solo, iluminó para siempre el camino del mundo entero.

 

Francisco Cândido Xavier por el espíritu de Emmanuel

Del libro Religión de los Espíritus, editora FEB.

Lección nº 63

Página 173

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