
«Pero si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?» — PABLO
(1 Coríntios, 12.19)
En la edificación espírita-cristiana, ayudemos a cada compañero a darse cuenta del valor del esfuerzo que se le atribuye.
Nunca está de más repetir que todos, tanto los encarnados como los desencarnados, en aras de la propia evolución y en el marco de la obra de la Doctrina Espírita, trabajamos en equipo con un único objetivo: la consolidación del bien común.
Cada trabajador se sitúa en el lugar adecuado para la colaboración exacta.
Este sabe captar la palabra vibrante, otro conserva con mayor seguridad el sentido de la orientación, otro escribe de forma convincente, y otro, con mayor acierto, aporta la energía sanadora… Hay quienes se hacen cargo de la escuela, del consuelo moral, de la ayuda a los necesitados, del cuidado del alma…
Todo el trabajo que hay que realizar, sea cual sea la función de cada pieza de una determinada máquina, reviste una importancia capital. Por ello, no existen privilegios ni distinciones en la construcción de la Espiritualidad Superior.
El colaborador al que se le pide que produzca fenómenos espectaculares o que demuestre brillantes muestras de inteligencia no es más importante que el obrero encargado de aliviar heridas o calmar aflicciones en la retaguardia.
El apóstol Pablo, al referirse a este tema, articuló esta acertada expresión:
«Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?»
Los ojos no sustituyen a los oídos, ni las manos asumen las funciones de los pies; sin embargo, todos trabajan, interconectados, en beneficio de la personalidad real.
Aprendamos de la naturaleza y, manteniéndonos en el lugar que nos corresponde,
perfeccionemos, en la medida de lo posible, nuestra capacidad de servir, reconociendo siempre que la cosecha del bien pertenece al Señor.
Emmanuel
(Do livro Benção de Paz – por la mediumnidad de Francisco Cândido Xavier)
