
Por Lucia Moysés
¿Qué lleva a ciertas personas que han perdido sus bienes, sus casas, han visto morir a sus familiares y, aun así, siguen viviendo con dignidad? ¿Qué hace que los enfermos terminales consuelen a sus seres queridos cuando los ven abatidos por prever el dolor de la separación? Preguntas como estas encuentran respuesta en temas relacionados con la religiosidad y la fe. Particularmente para aquellos que comprenden las explicaciones que emanan del espiritismo, las respuestas provienen de la certeza de que somos seres inmortales. Cómo comprenden el principio de las múltiples encarnaciones del espíritu, saben que cada retorno a la Tierra es una oportunidad que Dios les ofrece para progresar espiritualmente. De esta manera, afrontan con serenidad todas las dificultades, incluso las de carácter material, que se les presentan en la presente encarnación. La conciencia de estos preceptos espiritistas les da valor y lucidez para encontrar un sentido a la vida. Incluso sin profesar el espiritismo, hay personas que hacen de la búsqueda de sentido su razón de vivir, como le sucedió a Viktor Frankl, una de las figuras más importantes del siglo XX. Frankl, un respetado neuropsiquiatra austriaco, fue un superviviente del Holocausto y fundador de la logoterapia. Se hizo famoso por defender la idea de que la principal motivación humana es la búsqueda de un propósito en la vida, tan bien expresada en su famoso libro El hombre en busca de sentido.
En esta obra, relata con sensibilidad y claridad sus experiencias en los campos de concentración nazis —pasó por tres— y demuestra que es posible encontrar un propósito en la vida, incluso en las situaciones más difíciles. Para ello, señala la necesidad de que el hombre busque posicionarse interiormente desde muy temprano; comprender que, a pesar de todas y cada una de las dificultades, es libre de ejercer su voluntad dentro de las circunstancias que está viviendo, y que puede preservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, aunque esté físicamente encarcelado. «Todo se le puede quitar a un hombre, excepto una cosa: la última de las libertades humanas, es decir, la de elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia, la de elegir nuestro propio camino». Esta es una de sus concepciones fundamentales, que profundiza aportando su propia experiencia como prisionero sometido a los horrores de los campos de exterminio, como Auschwitz. «Cada día, cada hora, ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, una decisión que determinaba si nos someteríamos o no a aquellos poderes que amenazaban con arrebatarnos nuestro propio yo, nuestra libertad interior; que determinaba si nos convertiríamos o no en un resultado de las circunstancias, renunciando a la libertad y la dignidad, para amoldarnos al perfil del interno típico».
En la visión espiritista, esta libertad que tiene el hombre para decidir cómo actuar ante las circunstancias que le impone la vida encuentra su paralelo en la idea de que siempre tiene libre albedrío para decidir qué hacer, qué camino seguir.
A pesar de las terribles experiencias que Frankl se vio obligado a soportar, nunca perdió la certeza de que la vida tenía sentido, ni la convicción de que nada de aquello lo aniquilaría, ni siquiera la muerte. Y renunciar a la vida, dejándose morir por el hambre y el dolor, o lanzándose contra las vallas electrificadas que rodeaban los campos fue la solución elegida por miles de prisioneros que no lograron encontrar una razón para soportar todo aquello. Se dio cuenta de que los supervivientes no eran los más robustos, sino aquellos que tenían un rostro querido esperándoles, un trabajo por terminar, una promesa hecha a alguien, una esperanza de que todo pasaría. El sentido de la vida siempre cambia, decía, pero nunca deja de existir.
En su opinión, incluso en situaciones trágicas como la muerte, el dolor y la culpa, el hombre puede extraer algo bueno si sabe caminar por esas realidades con pasos firmes y largos en busca de sentido. Así, está en sus manos, al analizar su propia culpa, admitir que se equivocó, alimentando el deseo de corregirse y aprender a no volver a equivocarse; ante el dolor, mantenerse consciente de que todos estamos aquí de paso; y, considerando la muerte, recordar que esta vida tiene un tiempo y que este debe llenarse con sus mejores acciones.
En estos pequeños extractos del pensamiento de Viktor Frankl, que profesaba la fe judía, se pueden apreciar varios puntos de convergencia con el espiritismo, a pesar de que se sabe que él no admitía algunos de sus postulados, como el de las múltiples existencias. Mientras que para él la búsqueda de sentido —una razón para vivir manteniendo la dignidad y el valor propio como persona— puede variar a lo largo de la vida, en función de las contingencias, en la visión espiritista ese sentido está directamente vinculado a la evolución espiritual del ser, proceso que se ve facilitado con el conocimiento y la práctica de las enseñanzas traídas por el Maestro Jesús. Al igual que Frankl, el espiritista entiende que la vida le ofrece diferentes oportunidades para ejercer el amor al prójimo y colaborar, con sus acciones, por el progreso de la humanidad. Le corresponde apropiarse de las lecciones del Evangelio y abastecer su espíritu de fuerzas para enfrentar los desafíos diarios, recordando cuán suaves son estos frente a las pesadas cargas que el Maestro tuvo que llevar y venció.
